miércoles, 19 de octubre de 2011

¿Hasta cuando tendremos movimiento estudiantil en Chile?

Tras renunciar a pasar a una segunda etapa de movilizaciones, el movimiento estudiantil en Chile, dirigido por la Confech, ha decidido en la práctica hacer paros nacionales cada 7 o 14 días, esperando que el gobierno de Sebastián Piñera decida al respecto. Pese a que el Gobierno chileno, a través del mismo primer mandatario como con los ministros Bulnes y Chadwick, han delineado mantener el modelo educativo sin grandes cambios, mandando un presupuesto fiscal para el 2012 con pingües aportes para la educación.  Pese al retiro de la Confech y de los secundarios de la instancia de negociación planteada por el gobierno, este ha caído en una peligrosa disyuntiva: ¿Cómo mantener el nivel de movilizaciones alcanzado con 5 meses de movilizaciones?

Más allá del riesgo de perder el año escolar, el cual es lo de menos dada la mediocre calidad de  la educación chilena, el verdadero peligro  que puede sufrir es que sectores que habían visto con simpatía el movimiento estudiantil, puedan comenzar a alejarse, mermando peligrosamente su base de apoyo.  Históricamente, los movimientos estudiantiles chilenos contemporáneos, ya sean los paros de los  años 80 que lograron sacar a José Luis Federici de la rectoría de la Universidad de Chile como el paro y la toma de la Universidad de Playa Ancha para hacer renunciar a la última rectora delegada de la Dictadura, Mariana Martelli o incluso la Revolución de los Pingüinos de 2006, fueron movimientos que no duraron más  de dos o tres meses. Pero el movimiento actual partió en abril y tras 6 meses de movilizaciones, queda claro que al movimiento estudiantil se le están cerrando los caminos, lo que obligará a este a tomar decisiones importantes.

La primera, para evitar perder el apoyo de los sectores medios y de los sectores populares menos politizados, tendría que tomar medidas de control de los manifestantes, es decir, aislar a los grupos anarquistas o lumpenproletariado que aprovechan las protestas para generar violencia. Esta situación es aprovechada por el oficialismo y su aparato mediático aliado para denostar o banalizar la demanda estudiantil.  Por ello se hace necesario controlar y condicionar participación de las marchas, mediante una institucionalización del movimiento estudiantil, que se transforme en una fuerza más compacta y compleja, que pueda separarse de los partidos de origen como el PC o la Concertación.

En un segundo plano, la Confech, los secundarios y la sociedad civil que los apoya tendrían que pasar a una nueva etapa de movilizaciones. Hace algún tiempo, quien suscribe planteó una carta abierta a la Confech, pidiendo una radicalización para forzar al gobierno a negociar, pero para evitar un quiebre prefirieron la estrategia de desgaste y esperar un error del gobierno, como también la de difusión internacional. Los dirigentes estudiantiles deben tener claro que esto puede funcionar en un momento, pero no puede ser algo permanente en el tiempo, ya que a la postre generará desgaste y por ende, su derrota en la opinión pública.

Por ello, este es un momento de inflexión para el movimiento estudiantil, donde debe definir que hacer para que no termine como el del 2006.





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