jueves, 9 de agosto de 2012

Subte





Más allá del agobiante paro de Metrodelegados que ya lleva seis días y va por el septimo, el Subte de Buenos Aires es un resabio del pasado y una postal del presente. Quien habla, es un usuario asiduo del Subte y no es difícil darse cuenta que coches y estaciones  tienen un tinte añejo, sobretodo abandonado  y literalmente dejado a su suerte. Es cosa de ver las estaciones descuidadas, las viejas vías donde corren los viejos carros japoneses que siguen circulando por la línea B o los vejestorios que aun viajan por la línea E, pero si se quiere sentirse realmente en el pasado, es  solamente cosa de abordar en los carros de madera de la linea A, los cuales son los mismos de cuando el Subte fue inaugurado en 1912.

Cuando funciona, viajar por el Subte es por momentos estar en la máquina del tiempo, pero de la decadencia. Abandonados, atestados de público que por lo general viaja mal y caro por el servicio que se ofrece (60 centavos de dólar al cambio oficial), es más, simplemente están dejados a su suerte. El Subte es el símbolo de la desidia, tanto de la incapacidad de la empresa privada que actualmente está a cargo para afrontar el desafío de gestionar el servicio (Metrovías), de la actitud poco solidaria de sindicatos patoteros que más allá de sus demandas, responden a intereses que van  mucho más allá de sus colores, sobretodo el seudotroskista Metrodelegados, que terminó siendo un cartero del oficialismo. Y por supuesto,  los sucesivos gobiernos, ya sean el de la Nación o el de la Ciudad, los cuales el Subte se ha convertido en el símbolo de la ineficacia y de la incapacidad de afrontar los problemas como un ejemplo palpable de lo mal que se hacen las cosas en Argentina cuando hay voluntad para ello, y un ejemplo claro y único es el Subte de Buenos Aires.






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